El error que casi manda al Athletic a casa
¡Prepárense, amantes del fútbol y de las emociones fuertes! Lo que se vivió en San Mamés el otro día fue una auténtica montaña rusa. El Athletic Club se enfrentaba al Qarabag en un partido que, sobre el papel, se presentaba como una oportunidad de oro para empezar a sumar en la Champions. Sin embargo, la realidad sobre el césped estuvo a punto de darnos un susto mayúsculo, demostrando que en el fútbol nunca hay nada escrito.
Imagina esto: un equipo, el Qarabag, que llega a Bilbao con un pleno de victorias, habiendo superado a rivales de la talla de Lisboa y Copenhague. Cualquiera pensaría que se enfrentarían a un adversario rocoso, casi invencible. Pero la verdad es que, una vez iniciado el juego, la imagen que proyectó el conjunto azerbaiyano fue la de un equipo algo deshilachado, con un centro del campo que parecía una pasarela y una defensa que se mostraba más bien frágil. A pesar de esto, se las arreglaron para dar el primer golpe, poniendo en jaque al Athletic desde el minuto uno.
Un inicio de partido de infarto
El reloj apenas había iniciado su cuenta y ya teníamos drama. Antes de que se cumpliera el primer minuto de juego, Leandro Andrade, el talentoso mediapunta caboverdiano, aprovechó un error de comunicación entre los dos centrales del Athletic para colarse y batir a Unai Simón. ¡Gol del Qarabag! San Mamés enmudeció por un instante, y la tensión se podía cortar con un cuchillo. Un inicio así, con el marcador en contra en casa y en competición europea, es de esos momentos que te hacen sudar frío.
La presión era palpable. Ernesto Valverde, el “Txingurri”, había sido claro en la previa: “Nos vale con ganar 1-0”, restándole importancia a un rumor que circulaba en la prensa de Azerbaiyán sobre su deseo de meterles nueve goles, algo que él mismo calificó de “barbaridad”. Pero la realidad es que ese gol solitario que tanto deseaba se hizo esperar. El Athletic, a pesar de la sorpresa inicial, empezó a generar ocasiones, y no pocas. El Qarabag, aunque valiente, ofrecía muchos espacios. Sus líneas estaban partidas, y los defensores dejaban huecos que invitaban al ataque.
Ocasiones a diestro y siniestro, pero sin puntería
Con el Qarabag tan expuesto, jugadores como Sancet y Nico Williams se plantaban con relativa facilidad en la frontal del área. Sin embargo, en esos momentos cruciales, la puntería no estaba de su lado. Los remates se perdían, las jugadas no terminaban de cuajar, y la desesperación comenzaba a aflorar. Incluso Nico Williams, que no estaba en su mejor versión y parecía renqueante, recibió algún que otro pito desde las gradas. La lesión de su hermano, Iñaki Williams, quien tuvo que retirarse en la primera parte por una dolencia en el aductor, no hizo más que aumentar la preocupación y la sensación de que las cosas se estaban torciendo peligrosamente.
La afición en San Mamés, que siempre empuja, se impacientaba. Un nuevo tropiezo en casa, especialmente con enfrentamientos de peso en el horizonte contra equipos como el Newcastle o el Paris Saint-Germain, habría complicado muchísimo las aspiraciones europeas del Athletic. Era imperativo reaccionar y, sobre todo, marcar. Las ocasiones se sucedían, unas claras y otras no tanto, pero los fallos continuaban, tanto desde dentro del área como en los disparos lejanos. El ambiente era de ebullición, una mezcla de nerviosismo y la necesidad urgente de ver la red moverse.
La reacción de los Leones
Afortunadamente, el fútbol es caprichoso y, a veces, la insistencia tiene su recompensa. Fue Guruzeta quien se encargó de traer la calma. Aprovechando el desorden defensivo y la temeridad del Qarabag, que jugaba con una línea defensiva muy adelantada, Guruzeta conectó con un gran pase de Jauregizar para firmar el empate. ¡Explosión de júbilo en San Mamés! El 1-1 era un bálsamo, pero aún quedaba mucho partido y la remontada completa era el objetivo.
La segunda parte, para sorpresa de nadie, siguió una línea similar. La defensa del Qarabag seguía siendo un regalo para los atacantes del Athletic. Mal colocados, dispersos, con sus centrales intentando salidas arriesgadas que terminaban en pérdidas. En una de esas, el joven Robert Navarro, una de las sensaciones de la temporada en Bilbao, desató la locura total. Desde la esquina izquierda del área, con una precisión milimétrica, fusiló la escuadra derecha de la portería visitada. ¡Golazo! Era el 2-1, y la remontada ya era una realidad palpable.
Sin embargo, la historia de este partido aún guardaba un último sobresalto. Los tres puntos, que parecían asegurados, estuvieron a punto de desvanecerse en un instante. El Qarabag, a pesar de sus debilidades, tuvo una ocasión clarísima que fue providencialmente salvada por Yuri Berchiche bajo palos. Ese momento fue un recordatorio cruel de lo incierto que puede ser el fútbol, y de cómo un pequeño descuido puede echar por tierra todo el esfuerzo.
No fue hasta el minuto 87 cuando San Mamés pudo, por fin, respirar aliviado. Y fue de nuevo Guruzeta, el héroe del empate, quien apareció para sentenciar el choque. Con su segundo gol de la noche, el tercero para el Athletic, el marcador se puso 3-1, y la victoria ya era inamovible. Fue un alivio generalizado, no solo para los jugadores y el cuerpo técnico, sino para una afición que vio cómo su equipo, a pesar de empezar con el pie izquierdo y sufrir más de lo esperado, lograba estrenar su casillero en la Champions de forma crucial.
Este partido fue un claro aviso: en Europa no hay rival pequeño, y cada error puede costar caro. Pero también fue una muestra de la capacidad de reacción y del espíritu inquebrantable del Athletic. ¡Qué noche, amigos! San Mamés vibró, y una vez más, el fútbol nos recordó por qué es el deporte rey.
Fuente original de la información: ABC – Gerard Bono
Créditos de la imagen: AFP