19 Oct 2025

Esto es lo que la victoria no pudo ocultar del Barça

Esto es lo que la victoria no pudo ocultar del Barça Esto es lo que la victoria no pudo ocultar del Barça ¡Qué noche de…






Esto es lo que la victoria no pudo ocultar del Barça

Esto es lo que la victoria no pudo ocultar del Barça

¡Qué noche de fútbol vivimos! En el vibrante escenario de Montjuic, un partido que prometía tensión y emociones fuertes entre el Barça y el Girona nos dejó a todos al borde del asiento. Y es que, aunque el marcador final haya sonreído al equipo culé, la verdad sobre el césped nos cuenta una historia con más sombras que luces para los de casa. Un encuentro donde los fantasmas que persiguen al Barça salieron a bailar sin vergüenza, a pesar de la victoria in extremis.

El once inicial del Barça presentaba algunas sorpresas tácticas, con Toni Fernández asumiendo el rol de falso nueve y Rashford desbordando por la izquierda. En el bando gerundense, la formación era más predecible, con Portu como figura clave en la media punta. Desde el pitido inicial, el joven prodigio Lamine Yamal mostró su chispa, regalándonos jugadas individuales de esas que arrancan aplausos, pero que, en esta ocasión, no terminaron de cuajar en algo productivo para el colectivo.

El Barça, mermado por varias bajas importantes, buscaba reajustarse y encontrar su equilibrio en el campo. Por su parte, el Girona, fiel a su estilo combativo, se dedicaba a cerrar espacios con astucia, defendiendo cerca de su portería y, al principio, cediendo la posesión. De hecho, en los primeros diez minutos, el dominio del balón por parte del Barça era abrumador, rozando el 90%.

Un gol de ensueño y un giro inesperado

Pero el fútbol, amigos, es un deporte de momentos, y a veces, la magia puede aparecer donde menos se espera. En el minuto 12, llegó el momento que rompió el hielo. Pedri, con una maestría que nos recordó al mismísimo Messi, atrajo la atención de la defensa gerundense hacia el punto de penalti. Lo que vino después fue pura poesía: un disparo suave, delicado, una caricia al balón que terminó besando el palo derecho de Gazzaniga y se coló lentamente en la red. Un gol que gritaba elegancia, que dejaba claro que no se necesitaba ni un gramo más de fuerza de lo estrictamente necesario. ¡Pura maestría!

Este gol fue como un mazazo para el Girona, que de repente se dio cuenta de que su estrategia inicial no era suficiente. El equipo de Míchel, que quizás había perdido parte de ese encanto inicial que tanto lo caracterizaba, comenzó a desplegar sus alas. Y aunque algunos digan que su juego se ha vuelto “vulgar” y que los resultados no acompañan, lo cierto es que, apenas se lanzaron al ataque, consiguieron el empate. Y no fue un empate cualquiera, sino un golazo de Witsel que puso las tablas en el marcador.

Montaña rusa de emociones y la defensa culé en la cuerda floja

El gol del Girona hizo mella en el espíritu del Barça, que pareció desinflarse por completo. En contraste, el equipo visitante se creció, desatando un vendaval ofensivo: brillante, imaginativo, incisivo. La defensa local, por desgracia, colaboraba en este festín gerundense, mostrándose espantosa y dejando lagunas que el Girona no dudaba en explotar. Tec tuvo que emplearse a fondo para evitar el segundo gol, y poco después, Portu estrelló el balón en el palo tras otra incomprensible pérdida de Pedri. Flick, desde el banquillo, debió sentir cómo todos los fantasmas de su equipo salían a escena, sin invitación y listos para el baile.

El partido era un auténtico carrusel. De Jong tuvo la oportunidad de devolver la ventaja al Barça, pero Gazzaniga, con una mano espléndida, lo impidió. Rashford, en un intento de emular la maestría de Messi en las faltas, chutó con potencia, pero el balón se estampó en el larguero. Mientras tanto, el cielo en Montjuic nos regalaba un espectáculo aparte, con una alternancia de lluvia y sol que pintaba una tarde de otoño perfecta, desafiando cualquier pronóstico de cambio climático. Un contraste hermoso, una metáfora quizás de lo que pasaba en el campo: lo que el Barça no daba, lo ofrecía el cielo.

A pesar del despliegue ofensivo del Girona, la pelota no quería entrar. Era casi gracioso ver cómo el equipo visitante fallaba una y otra vez ante un Barça que parecía deshecho, descontrolado, sangrando en cada jugada y perdiendo la confianza a pasos agigantados. Podría decirse que una especie de fuerza sobrenatural mantenía a salvo al Barcelona, a pesar de sus evidentes fallos defensivos. El conjunto blaugrana menguaba por instantes, su credibilidad y seguridad en sí misma se diluían.

Reacciones en la segunda mitad y la victoria agridulce

La segunda mitad trajo los primeros movimientos en el banquillo. Toni Fernández, quizá el pagano de la primera parte, fue sustituido por Fermín, quien entró al campo con una energía arrolladora. Pero el Girona no bajaba la intensidad, seguía atacando con facilidad, llegando, pero sin la efectividad necesaria para materializar sus ocasiones. El Barça, por su parte, sobrevivía como podía, impotente en la elaboración, y empezaba a recurrir al recurso fácil de chutar todo lo que pudiesen. Koundé, en este tramo, parecía jugar dormido.

El intercambio de golpes, el caos reinante, paradójicamente, le dio alas al Barça. Empezaron a rematar más y, en medio de la vorágine, podían salvar los tres puntos. Pero más allá del resultado, la crisis de juego de los culés ya es un hecho preocupante. Míchel hizo sus propios ajustes, dando entrada a Tsygankov y Solís por Portu y Bryan, sin cambios tácticos drásticos. Flick respondió con Roony y Christensen por Pedri y Lamine Yamal. Y fue entonces cuando el Barça, por fin, pareció encontrar una marcha más, acercándose a la victoria mientras el Girona entraba en modo supervivencia. Stuani entró en el minuto 70 para el Girona, buscando el milagro.

Los minutos finales fueron de infarto. Los locales lo intentaban con desesperación, la comarca visitante resistía con uñas y dientes. El último as bajo la manga de Flick fue la entrada de Casadó por Araujo y Gerard Martín por Balde, una apuesta arriesgada. Y como si el destino quisiera jugar una última mala pasada, Araujo, precisamente, marcó en el último suspiro, dando la victoria al Barça.

Una victoria que, a pesar de los puntos sumados, deja un sabor agridulce y muchas preguntas en el aire. El Barça ganó por los pelos, pero la realidad es que tiene un problema, y gordo. La expulsión de Flick, sumado al cuestionamiento general de su gestión, lo dejan en una posición delicada. La jornada nos regaló un espectáculo de fútbol vibrante, pero también nos recordó que, a veces, la victoria esconde más de lo que muestra.

Fuente original de la información: ABC – Salvador Sostres

Créditos de la imagen: AFP

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